Javier Marías, traductor

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Javier Marías, traductor

17 septiembre 2013

“Si uno, además, conoce otras lenguas aparte de la que heredó en la cuna, la condición imprecisa, tentativa y volátil de los idiomas se le hace más manifiesta, y en seguida se encuentra con una brutal contradicción: por una parte, tenemos la tendencia a creer, y aun a dar por sentado, que todo puede decirse en todas las lenguas o por lo menos en las más próximas, y de ahí que nos sea natural preguntar, sin el menor reparo, «¿Cómo se dice esto en inglés?», o «Esa expresión francesa, ¿qué significa en español?», convencidos de que «esto» se ha de poder decir y efectivamente se dice en inglés, sólo que de otra manera, o de que «esa expresión francesa» ha de tener por fuerza un equivalente en español y de que por tanto «algo» debe de significar en nuestra lengua, también en ella. Y sin embargo, junto a esa creencia popular y generalizada de que todas las lenguas denominan en el fondo las mismas cosas, los mismos objetos, los mismos sentimientos, pensamientos, acciones, pasiones, las mismas sutilezas y los mismos hechos —la creencia, en suma, de que todo puede decirse y de que las lenguas son sólo el instrumento intercambiable para referirse y nombrar lo existente, que es en cambio inmutable en todas partes—, nos encontramos a veces con que hasta aquello visible a todos, que comparte la humanidad entera y que parece ser idéntico en todas las latitudes y para todos los individuos, independientemente de su procedencia y su cultura, tiene que ser por fuerza distinto en virtud del vocablo que se emplee para denominarlo. Recuerdo que, cuando hace ya muchos años daba clases de Teoría de la Traducción en Universidades británicas, norteamericanas o españolas, les pedía a mis alumnos que pensaran en lo más común y universal a todos los hombres y mujeres, que buscaran aquello que sin duda todos compartíamos y a ninguno faltaba. «Piensen en el sol y la luna, por ejemplo», les decía. «De hecho no es que sean idénticos en todos los puntos del globo, es que son los mismos astros para todos, que, por así decir, se van turnando; para todos salen y se ponen, y uno sería dado a suponer que el término para llamarlos en cada lengua debería ser inequívoco y equivalente en todas ellas». Es un ejemplo harto conocido, pero infalible, así que el alumno que sabía alemán caía al instante en la cuenta de que el sol y la luna alemanes no podían ser exacta y cabalmente los mismos que el sol y la luna españoles, italianos o franceses, porque así como en las lenguas romances o neolatinas el sol es un sustantivo masculino y la luna lo es femenino, en alemán (y posiblemente en otras lenguas germánicas) sucede justamente al revés, siendo el sol femenino (die Sonne) y la luna masculino (der Mond). ¿Y cómo pueden ser los mismos el sol y la luna si para toda una tradición el primero posee una connotación masculina y el segundo una femenina —y así se los ha venido representando pictórica y literaria y fabulosamente—, y en toda otra tradición poseen la connotación inversa? «Sigan pensando», les insistía yo a mis alumnos, «en algo aún más universal que eso, algo a lo que nadie puede escapar y de lo que todos tenemos conciencia». Y en seguida aparecía la muerte, de la que nadie se ha librado y que a todos aguarda pacientemente. Es otro ejemplo bien conocido, pero en él se hace patente el problema: ¿cómo eso, que es igual para todos —«la gran niveladora», la llamó algún clásico—, puede ser sin embargo lo mismo si en nuestras lenguas latinas el vocablo es femenino y estamos acostumbrados por ello a representárnosla como mujer, o más concretamente como anciana esquelética que porta una guadaña, y en cambio en el idioma alemán es masculino (der Tod) y sus hablantes están habituados, en consecuencia, a figurárselo como a un varón o como a un caballero con armadura y lanza y espada? Nos encontramos, así pues, con la paradoja de que todo puede traducirse, o eso creemos, y de que la traducción es imposible, si nos ponemos muy estrictos o muy teóricos, ambas cosas.”Javier Marías

Discurso de ingreso en la Real Academia Española, leído el día 27 de abril de 2008 (extracto)

Publicado por perdonaquetediga en 10:02